FACTORES QUE INFLUYEN EN LOS PROCESOS PSICOLÓGICOS

   Los procesos psicológicos (la forma en que pensamos y sentimos, las metas que nos fijamos y la conducta social) son el producto de tres factores:

La influencia de los demás

Nuestras características personales (rasgos de personalidad, género, edad, entre otras)

Nuestra naturaleza biológica heredada a lo largo de nuestra historia evolutiva

   Dado que somos, y siempre hemos sido, seres sociales desde que nacemos, es bastante probable que tanto nuestros rasgos de personalidad como las tendencias y capacidades que hemos heredado de nuestros ancestros se hayan desarrollado bajo la influencia de otras personas.

La influencia de los demás

   La Psicología Social parte del supuesto de que nuestros pensamientos, emociones y conductas son en gran medida, producto de la influencia de los demás. Esa influencia es a veces consciente, como cuando adopta la forma de presión social y nos dejamos persuadir por los argumentos de un vendedor, de un político, o de un amigo, o nos sometemos a órdenes de una autoridad. Pero en la mayoría de las ocasiones no nos percatamos hasta qué punto somos objeto de la influencia de otros. Esto se debe a que no siempre es tan explícita. Prueba de ello es el efecto de la mera presencia:

Se ha comprobado que la mera presencia de otras personas influye aumentando la motivación de cada una de ellas para realizar la tarea.

   Triplett (1897) comprobó que los ciclistas que pedaleaban juntos (cada uno de ellos en su bicicleta estática) mostraban una mayor intensidad de pedaleo que los que lo hacían solos. Y eso sucedía sin que mediara interacción alguna entre ellos. Por otro lado, Zajonc (1965) matizó y completó la explicación de este efecto. Según este autor, efectivamente, la presencia física de otros incrementa la motivación de la persona, es decir, la intensidad con que realiza el esfuerzo. Ahora bien, si la tarea es difícil, o la persona es inexperta o poco diestra, la motivación, en la medida en que potencia la intensidad del esfuerzo, tiende a multiplicar los errores que comete y, de esta manera, perjudica su rendimiento.

   Nuestras creencias, valores y puntos de vista, que nos llevan a “construir” la realidad de una determinada manera son, en parte muy importante, producto de la influencia de los demás, pero no porque nos hayan sido impuestas o alguien nos haya convencido de que son adecuadas, sino porque nos han sido transmitidos como consecuencia de vivir en una sociedad y una cultura concretas, o porque son las creencias, valores y puntos de vista de los grupos a los que pertenecemos y con los cuales nos identificamos.

   Por tanto, no es necesario que los demás estén interactuando con nosotros, ni siquiera que tengan intención de influirnos, para que esa influencia tenga lugar. Nos afecta incluso cuando estamos solos. Por ejemplo, si, antes de llevar a cabo una acción determinada, tenemos en cuenta lo que va a pensar de nosotros una persona a la que apreciamos o respetamos, y después obramos en consecuencia, esa persona nos está influyendo aun sin estar con nosotros ni ser consciente de ello. Y lo mismo puede decirse de las normas sociales, las costumbres, la moda, las corrientes de opinión y otros fenómenos que no pueden atribuirse a personas concretas pero que son producto del pensamiento humano y nos indican si nuestras ideas o nuestra conducta en una situación concreta son apropiadas o no y lo que se espera de nosotros y, por tanto, constituyen también formas de influencia de los demás.

   No obstante, las personas no somos meros blancos de la influencia de los demás. Nosotros somos también parte del contexto social para otros y, por tanto, les influimos, es decir, la influencia social es bidireccional.

Nuestras características personales

   La realidad social afecta a nuestra forma de pensar, de sentir y de comportarnos, pero no lo hace directamente, sino tal como nosotros la vemos y la interpretamos. Y esa percepción e interpretación de la realidad depende, a su vez, de procesos psicológicos básicos y universales, como la cognición, la motivación o la emoción, y la influencia de los demás. En este sentido, los psicólogos hablamos de “construcción de la realidad”.

   No somos máquinas fabricadas en serie que responden con pautas fijas ante los estímulos del medio. Nuestros pensamientos, emociones y conductas, por rápidos y automáticos que puedan ser la mayoría de las veces, siempre son el resultado de un proceso de “elaboración” de los estímulos objetivos.

   Por ejemplo, la forma en que reaccionamos cuando un desconocido nos pide ayuda dependerá, entre otras cosas, de procesos cognitivos:

  • Qué inferencias hagamos a partir de su aspecto físico, de su forma de hablar...
  • A qué causas atribuyamos su necesidad
  • En qué categoría de personas lo clasifiquemos
  • Qué creencias mantengamos sobre ese tipo de personas
  • De los procesos emocionales, como nuestro estado de ánimo
  • De los procesos motivacionales.

   Es decir, no es sólo la presencia de la otra persona y su conducta lo que determina nuestro comportamiento, sino también todos esos procesos psicológicos intermedios que tienen lugar cuando interactuamos con ella.

   Por ello, debido a esos procesos psicológicos es frecuente que ante una misma situación, dos personas diferentes reaccionen de forma distinta. Eso se debe a que no han “construido” esa situación en su mente de la misma manera y/o a que sus motivaciones y emociones ante dicha situación difieren. No obstante, gracias a que la influencia mutua entre los miembros de un grupo o sociedad afectan directa o indirectamente a nuestros procesos psicológicos, es posible llegar a una visión básicamente compartida de la realidad que permite la vida en comunidad.

Nuestra naturaleza biológica heredada a lo largo de nuestra historia evolutiva

   Nuestra mente no siempre funciona de forma racional y lógica. En realidad, el pensamiento, la memoria, las actitudes operan a lo largo de un continuo entre dos formas diferentes de procesamiento: uno consciente o deliberado y otra inconsciente y automática. Se trata de un procesamiento mental intuitivo al que recurrimos sin darnos cuenta en la mayoría de las situaciones cotidianas en las que nos movemos. Y que por sorprendente que nos parezca, suele funcionar muy bien. Como si de un piloto automático se tratara, realiza la mayor parte de nuestras tareas mentales rutinarias, ahorrándonos tiempo y esfuerzo cognitivo. Este proceso automático también tiene sus inconvenientes, produciendo numerosos sesgos y errores que suceden cuando confiamos demasiado en la intuición. Por eso a la hora de tomar una decisión importante, suele ser el procesamiento deliberado el que toma las riendas. En caso contrario, las consecuencias pueden ser bastante negativas.

Referencias bibliográficas

Gaviriana, E., López, M., & I., C. (2013). Introducción a la psicología social. Madrid: Sanz y Torres.