RELACIÓN ENTRE LA REGULACIÓN VERBAL, RIGIDEZ PSICOLÓGICA, LA SENSIBILIDAD A LA ANSIEDAD EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA CON LOS PROBLEMAS DE PERSONALIDAD

 

El estudio de la personalidad desde la infancia y adolescencia ha sido tratado con la precaución de no patologizar el comportamiento de los más jóvenes y no propiciar estigmas en ellos. Sin embargo, esta visión ha hecho que el estudio de comportamientos poco adaptativos, no se haya convertido en un tema de interés, reflejando así una falta de pruebas empíricas que nos permitan intervenir a nivel preventivo en patrones de personalidad de riesgo. De hecho, es conocida la influencia de las experiencias traumáticas infantiles en los trastornos de la personalidad en la vida adulta (Johnson et al., 2001 ; Oldham, Skodol y Bender, 2007), pero son escasas las pruebas empíricas respecto a la posibilidad de que desde la infancia se desarrollen patrones disfuncionales que definan una personalidad patológica.

Trabajos como los de Noël y Francis (201 1), Sandín, Chorot, Santed y Valiente (2002), Törneke, Luciano y Valdivia (2008) y Wulfert, Greenway, Farkas, Hayes y Dougher (1 994) han puesto de manifiesto la importancia de valorar las variables de rigidez psicológica, sensibilidad a la ansiedad (en adelante SA) y regulación verbal, en el desarrollo temprano de patrones disfuncionales de personalidad. No obstante, no se han encontrado estudios que relacionen las variables mencionadas de manera conjunta en población infantojuvenil.

La regulación verbal o comportamiento gobernado por reglas

La regulación verbal o comportamiento gobernado por reglas se basa en el análisis de las relaciones históricas que establecen la regulación del propio comportamiento, de cómo puede un individuo cambiar su patrón de seguimiento de reglas, e incluye describir los tres tipos de regulación que ocurren durante el proceso de socialización del niño y que confluirán en la formación de los patrones de personalidad (Barnes-Holmes, Rodríguez y Whelan, 2005; Hayes, Brownstein, Zettle, Rosenfarb y Korn 1 986; Hayes, Gifford y Hayes, 1 998; Wilson y Luciano, 2002).

Tipos de regulación verbal:

1)    El "cumplimiento" (pliance)

Ocurre en función de una historia de consecuencias mediadas por otros, al principio generalmente por los padres y luego por el niño. Se da por la correspondencia entre la regla y la conducta que la sigue, pero sin que exista contacto con las consecuencias directas del hacer; por ejemplo, cuando la madre dice al niño "termina tus tareas y te dejo salir al parque".

2)    El "rastreo de huellas naturales" (tracking)

Es el seguimiento de reglas en el que actuar de acuerdo a lo indicado en la regla o instrucción se mantiene por las consecuencias directas o naturales de dicha acción pero sin mediación social; por ejemplo, un niño escucha en el colegio que alguien dice "que hay un nuevo videojuego de moda y al que muchos niños están jugando" y este niño decide jugar a ese videojuego no porque alguien le haya indicado que jugara, sino porque así podrá disfrutar de las consecuencias naturales de jugar con un nuevo videojuego.

3)    El "aumento por mejora" (augmenting)

Es la regulación verbal bajo control de funciones transformadas de estímulo

La rigidez psicológica

La rigidez psicológica es definida de manera dimensional por Hollenstein, Granic, Stoolmiller y Snyder (2004) como contraria a la flexibilidad; además, mencionan tres aspectos básicos y comunes del estudio de la rigidez en la infancia:

1)    Es un repertorio conductual disminuido en donde hay pocos estados disponibles de interacción para el sistema padres-hijo, independientemente de las demandas ambientales

2)    Es una capacidad limitada para cambiar sus comportamientos en respuesta a los cambios en el medio ambiente

3)    Existe una tendencia a perseverar en algún comportamiento en particular.

Otra de las formas para medir la rigidez, es por medio de un constructo más amplio que la engloba junto a otros aspectos, esto es el perfeccionismo con sus dos componentes básicos: en primer lugar, las exigencias personales elevadas y, en segundo término, la autoevaluación negativa en caso de que no se alcancen esos criterios exigentes (Purdon, Antony y Swinson, 1 999). Así, algunos autores consideran a la rigidez como un componente fundamental del perfeccionismo disfuncional (Shafran y Mansell, 2001) y a su vez considerado como una variable relevante en numerosos trastornos psicológicos, como en la depresión, los trastornos alimentarios, el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno de ansiedad social y en síntomas psicosomáticos (Carrasco, Belloch y Perpiña, 201 0). No obstante, son escasos los datos del estudio de la rigidez y el perfeccionismo en la etapa infantojuvenil.

La sensibilidad a la ansiedad

La sensibilidad a la ansiedad (SA) se define como una tendencia a experimentar miedo ante los primeros síntomas de ansiedad (en especial los síntomas fisiológicos) y constituye un rasgo, creencia o predisposición a interpretar catastróficamente (como algo peligroso y perjudicial) esas sensaciones de ansiedad, especialmente las de activación fisiológica (Reiss, 1991; Taylor, 1995).

La SA es considerada como un factor de diferencias individuales que predice eficazmente el riesgo hacía los trastornos de ansiedad, además se estructura en dos dimensiones esenciales: una primera, representada por los síntomas de activación fisiológica y otra constituida por los síntomas de tipo mental y social (Sandín et al., 2002).

La SA ha sido escasamente estudiada en población infantil, aunque investigaciones recientes (Noël y Francis, 2011) sugieren que para los niños la SA es una construcción distinta de la ansiedad; además, la fuerza de la relación entre SA y ansiedad incrementa durante la adolescencia. También encontraron que los individuos diagnosticados con trastornos de pánico o de estrés postraumático, mantuvieron mayores niveles de SA en comparación con individuos diagnosticados con otros trastornos de ansiedad. En esta misma línea, se encuentran los estudios de López-Soler et al. (2012), quienes encontraron un nivel alto de SA en niños que habían sufrido maltrato intrafamiliar; y el de Leen-Feldner, Feldner, Reardon, Babson y Dixon (2008) quienes apoyan la idea de que la SA es un buen predictor del trastorno de estrés postraumático. Respecto a los trastornos de la personalidad, Gratz, Tull y Gunderson (2008) examinaron la relación positiva y directa entre la SA y el trastorno límite de la personalidad (TLP), así, los pacientes con TLP informaron niveles más altos de SA comparados a los informados por pacientes con diagnósticos de ansiedad generalizada, obsesivo compulsivo y ansiedad social. En esta misma línea, Shostak y Peterson (1990) mostraron que individuos con baja SA eran propensos a tener un trastorno de la personalidad antisocial. Por último, en un trabajo realizado por Lilienfeld y Penna (2001 ) se comprobó que la SA correlaciona negativamente con las medidas de déficit emocionales de la psicopatía y con trastornos de la personalidad pasivo agresiva y dependiente.

Actualmente no existe un modelo teórico que agrupe estas tres variables, pero sí se dispone de una línea de estudios en la literatura que menciona la importancia de profundizar en este ámbito (p. ej., Greco, Lambert y Baer, 2008; Luciano y Valdivia, 201 2; Törneke et al., 2008; Vázquez, Pérez y Rivas, 1995), que estudian las variables mencionadas aunque no siempre como un conjunto unívoco, encontrando que la rigidez conductual influye en un desarrollo del proceso de regulación verbal disfuncional; así mismo, esta falta de flexibilidad en la regulación, aumenta la vulnerabilidad de los niños a factores de estrés ambiental y aumenta el riesgo de resultados negativos, como por ejemplo la ansiedad (Hollenstein et al., 2004). Así mismo, Tyrer (2005) menciona que algunas de las características empíricas que se conocen actualmente sobre los trastornos de la personalidad y que están bien establecidas son:

  • ·         Los rasgos de rigidez y perfeccionismo
  • ·         Los rasgos ansiosos dependientes
  • ·         La agresión encubierta
  • ·         Los rasgos impulsivos y de enfrentamiento
  • ·         Los rasgos de aislamiento e introversión.

No obstante, Caballo (201 3) resalta que las características de personalidad mencionadas, podrían también ser tomadas como factores de riesgo o precursores de trastornos de la personalidad graves, que al ser identificados en sus primeras etapas, podrían ser objeto de programas de prevención o educación socioemocional.

Resultados hallados por Castañeda, García & Gómez (2016)

En concordancia con lo anterior, Castañeda, García & Gómez (2016) analizaron las variables mencionadas en relación con los patrones disfuncionales de personalidad y posibles síndromes clínicos asociados. Concretamente, valoraron si existe relación entre las variables de SA, perfeccionismo (expresado en patrón de rigidez vs. flexibilidad) y regulación verbal (medida de dos formas diferentes: a través de autoinformes o en una tarea o juego de ordenador) en niños con determinados patrones disfuncionales de personalidad. Estos autores parten de la hipótesis principal que las personas con mayores niveles de rigidez y sensibilidad a la ansiedad presentarán patrones de personalidad más disfuncionales; asimismo, los patrones de rigidez estarán más asociados a una tendencia de regulación verbal a seguir instrucciones. Los datos hallados confirmaron que sí existe una relación entre las variables de sensibilidad a la ansiedad y perfeccionismo en niños con determinados patrones disfuncionales de personalidad, no obstante, esta correlación no es tan evidente en la variable de regulación verbal. Específicamente, en cuanto a la primera hipótesis, concluyen que las correlaciones de sensibilidad a la ansiedad muestran una relación con las escalas de personalidad sumiso y tendencia límite; que, siguiendo a los autores de la prueba de personalidad, de manera respectiva, Sumiso hace referencia a personas que han aprendido que el sentirse bien, seguro y confiado deriva casi exclusivamente de su relación con los otros, y a su vez esta escala tiene su equivalente en la personalidad dependiente descrita en el DSM-5 (APA, 2014), mientras la segunda escala es descrita como una orientación emocionalmente disfuncional que dificulta la adaptación por su ambivalencia (límite). Esta relación entre SA y personalidad Sumisa y tendente a Límite indica que ya en una edad temprana, individuos que someten sus necesidades y preferencias a lo que otras personas quieren, así como las dificultades de adaptación a su entorno, presentan también una tendencia a desarrollar mayores patrones de ansiedad; esto se encuentra en la misma línea que los hallazgos mencionados en Caballo, Salazar, Irurtia, Arias y Guillén (2010) sobre la relación entre la personalidad dependiente y los síntomas de ansiedad, y los estudios que relacionan los trastornos de personalidad límite y los niveles altos de SA (Gratz et al., 2008).

Asimismo, las correlaciones encontradas entre las variables autodemandas (referida a pensamientos perfeccionistas tales como evitar el fracaso y no volver a equivocarse) y reacciones ante el fracaso (referida a emociones y actitudes de malestar, culpa y remordimiento, asociadas al fracaso de las autodemandas), podrían indicar que altos niveles de rigidez pueden llevar a emociones negativas por no alcanzar sus propios estándares disfuncionales, generando así mayores síntomas ansiosos. Estos resultados se encuentran en la dirección de lo propuesto por Shostak y Peterson (1 990), quienes encontraron mayores niveles de SA en individuos expuestos a situaciones estresantes; así como son acordes con lo señalado por Scott, Craig, Michele y Holly (201 2), al proponer que la emocionalidad negativa está asociada con síntomas de pánico, preocupaciones, síntomas obsesivo compulsivos y de ansiedad social, entendiéndose así la SA como una variable relevante en la regulación emocional que podría predecir cierta psicopatología.

En cuanto a la variable Perfeccionismo medida por las subescalas autodemandas y reacciones ante el fracaso, concluyen que es una de las variables con mayor fuerza para predecir la variabilidad en las puntuaciones de la prueba de personalidad; así mismo, dadas las correlaciones halladas con las escalas de personalidad rebelde (según los autores es un tipo de orientación sobre sí mismo y se desarrolla como una forma de protección, actúan para contrarrestar de forma anticipada el engaño y el desprecio proveniente de los otros, se asocia al trastorno antisocial del DSM-5 [APA, 2014]), oposicionista (se refiere a individuos que dudan entre orientarse hacia sí mismos o hacia otros, a veces se comportan de manera obediente y otras reaccionan de forma desafiante, semejante a la personalidad negativista del DSM) y tendencia límite; estas relaciones podrían indicar que los individuos con estas tendencias de personalidad tienen menor tolerancia a la frustración y estilos de pensamiento más rígidos, además de una emocionalidad intensa y en ocasiones ambivalente. Estos datos están en consonancia con los estudios de Rigau-Ratera, García-Nonell y Artigas-Pallarés (2006) que relacionan la inflexibilidad cognitiva o escasa capacidad de cambio y la habilidad para resolver problemas con el trastorno oposicionista desafiante. A su vez, la variable perfeccionismo, específicamente la subescala reacciones ante el fracaso, correlacionó de manera negativa con la escala de personalidad conformista (que los autores definen como individuos que parecen haber sido obligados a aceptar los valores que otros les han impuesto, sus maneras prudentes y controladas derivan de un conflicto entre la rabia reprimida hacia los otros y el temor a la vergüenza, la culpa y la desaprobación social); ante esta prueba, podría hipotetizarse que este tipo de individuos están acostumbrados a someter sus propios deseos e impulsos, con lo cual podrían tener menos actitudes y sentimientos de culpa y remordimientos por su comportamiento. También, la variable perfeccionismo (en sus dos subescalas) mostró correlación con la preocupación expresada de difusión de la identidad (definida por los autores del cuestionario como la transición, a veces caótica y perturbadora, desde la inconsciencia de la infancia a la identidad adulta) y con el síndrome clínico de propensión a la impulsividad (que se refiere a los excesos en la forma mediante la que los adolescentes demuestran su asertividad). Algo conocido en el estudio del desarrollo psicológico, pues la adolescencia es una época de ambivalencia emocional y de identidad, que puede generar reacciones de culpa, miedo al fracaso y emociones intensas que los lleven a tomar decisiones poco reflexivas. En definitiva, el hecho de que el perfeccionismo se relacione con variables de personalidad disfuncional es congruente con las definiciones más consensuadas de patología de personalidad, que incluyen la rigidez y la inflexibilidad como una característica fundamental, por ejemplo Millon (2002) afirma que las personalidades con trastornos muestran conductas mucho más rígidas y muy poco adaptativas, escasa flexibilidad adaptativa, que refleja tendencia consistente en relacionarse consigo mismo y enfrentarse a las demandas del ambiente mediante estrategias rígidas e inflexibles, que se aplican de forma siempre igual. Asimismo, el DSM-5 (APA, 2014) menciona como una de las características de los trastornos de la personalidad el presentar un "patrón persistente que es inflexible y dominante en una gran variedad de situaciones".

En cuanto a la variable regulación verbal, al igual que la variable anterior, también tuvo un gran poder predictivo en las puntuaciones de la prueba de personalidad, presentando así correlaciones positivas con las escalas de sumiso y egocéntrico (descrito esta última dimensión, como individuos a los cuales las experiencias tempranas les han enseñado a sobrevalorarse a sí mismos, esa seguridad y superioridad a veces basada en falsas premisas, pueden ser insostenibles en función de logros verdaderos o maduros) y una correlación más fuerte con la escala conformista.

Así, en cuanto a la segunda hipótesis de este estudio, si los patrones de rigidez están asociados con la tendencia de regulación verbal a seguir instrucciones, los autores concluyen que dado que un mayor puntuación en el cuestionario de hábitos indicó mayores niveles de seguimiento de reglas, de autocontrol y de rigidez, y menor contacto con las contingencias directas en su comportamiento habitual, sería plausible indicar que dichas correlaciones están en concordancia con lo citado anteriormente en el apartado de SA, ya que sujetos que continuamente optan por acatar las reglas de otros, sometiendo en ocasiones sus propios deseos, y que ven en ello la "forma correcta" de actuar, aunque no siempre se sientan a gusto, pueden erróneamente creer que actúan mejor que los demás dándoles un sentido de falsa superioridad. Esto está en concordancia con lo propuesto por Luciano y Valdivia (2012), quienes señalan que un seguimiento de reglas generalizado conduce a la persona a no disponer de los actos de su vida libremente, puesto que siempre necesitará la aprobación o la retirada de algo a través de otros, generando así patrones disfuncionales de personalidad. Por otra parte, se encontraron correlaciones negativas y moderadas de las puntuaciones del cuestionario con las escalas de rebelde, oposicionista, difusión de la identidad, propensión a la impulsividad y predisposición a la delincuencia, lo que podría estar en la misma línea de lo ya expuesto dado que las escalas mencionadas irían en sentido contrario al seguimiento de normas sociales y de niveles de autocontrol razonables y, como se mencionó anteriormente, la rigidez suele ser también característica de estos estilos de personalidad. Por otro lado, también hallaron una correlación negativa con la variable SA, aunque tal como se mencionó en el apartado de SA hay una correlación positiva con la rigidez, este valor negativo obtenido con el cuestionario requiere de una mayor valoración por parte de los experimentadores, para evaluar que pudo haber influido en dicha puntuación.

Los autores también evidenciaron diferencias significativas en las correlaciones entre las variables objeto de estudio y las escalas de personalidad, al dividir la muestra poblacional en tres grupos según su tendencia inicial en la tarea experimental, observándose que: en el grupo que Si sigue instrucciones se observó la mayor correlación con las escalas de introversión, oposicionista, tendencia límite, difusión de la identidad y propensión a la impulsividad en comparación con los otros dos grupos, lo que podría indicar que personas con una mayor tendencia a seguir las reglas o con un control instruccional más rígido, podrían generar prototipos de personalidad más disfuncionales que personas que tienen una mayor tendencia a guiarse por consecuencias de otro tipo.

Por otra parte, aunque el grupo mixto por su tendencia fluctuante no permitió determinar un pseudoperfil con las variables medidas en este estudio (de hecho ensombreció algunas de las diferencias significativas entre los grupos), el grupo con tendencia a no seguir las instrucciones si mostró con mayor claridad puntuaciones más bajas en las variables introvertido, rebelde, oposicionista, tendencia límite, difusión de la identidad, propensión a la impulsividad, predisposición a la delincuencia, autodemandas y SA, con lo cual, se podría hipotetizar si tener comportamientos más flexibles en cuanto al seguimiento de reglas, o incluso un mayor contacto con las contingencias directas, puede llegar a considerarse un factor de protección en el desarrollo de prototipos de personalidad disfuncionales, o incluso en el desarrollo de problemas relacionados con los síntomas de ansiedad.

Asimismo, en cuanto a la correlación entre las escalas de personalidad y el resto de las variables psicológicas, los datos prueban que existen diferencias significativas según el grupo de tendencia instruccional, lo que podría determinar, en cierto grado, la fuerza y el tipo de relación que existe entre patrones de personalidad y esas variables. Esto estaría en consonancia con lo propuesto por Bijttebier, Beck, Claes y Vandereycken (2009) al indicar que los mecanismos de autorregulación, como por ejemplo las dificultades de regulación emocional (o en este estudio regulación verbal) son moduladores de la relación entre las dimensiones de personalidad y psicopatología.

Entre las limitaciones del estudio, los autores señalan como necesario para superarlas en las posibles réplicas: ampliar el tamaño de la muestra ( la muestra utilizada en su estudio fue de 123 entre 12 y 15 años) para confirmar los resultados, ya que aunque los datos apuntan a una relación relevante entre las variables estudiadas, se considera necesario hacer réplicas más concluyentes con procedimientos más potentes. Asimismo, se consideran necesario incluir variables relacionadas con la regulación emocional, ya que es una dimensión que se ha informado en la literatura con un alto poder predictivo en los trastornos de personalidad.

Por último, como líneas futuras, sería relevante ampliar la investigación en este campo para detectar patrones de personalidad disfuncionales desde las primeras etapas de la adolescencia o finales de la infancia, a fin de elaborar programas de prevención en esta población. Así mismo, sería relevante la posibilidad de diseñar nuevos instrumentos que evalúen los estilos de personalidad de una manera más experiencial o directa y no sólo a través de cuestionarios. Por último, son escasos los estudios longitudinales sobre el tema (se encuentran pocos publicados y los que hay son en población norteamer (Castañeda, García, & Gómez, 2016)icana); con lo cual, se plantea la necesidad de realizar estudios de este tipo en el futuro.

Referencia bibliográfica

Castañeda, D., García, A., & Gómez, I. (2016). Desarrollo de la personalidad: Relación con sensibilidad a la ansiedad, rigidez y regulación verbal. Psicología Conductual, 24(1), 141-158.

 

RELACIÓN ENTRE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL (IE), LA REGULACIÓN EMOCIONAL Y LOS ESTILOS DE PERSONALIDAD (EEPP)

 

Los resultados obtenidos revelan que la mayoría de los estilos de personalidad (EEPP) evaluados basados en los criterios diagnósticos del DSM-IV-TR.  tienen una relación significativa con la inteligencia emocional. Lo que no queda claro es su interpretación.  Por una parte, los estilos narcisista e histriónico, que son los que parecen tener una mayor inteligencia emocional, especialmente este último, se relacionan al mismo nivel de significación que los estilos paranoide, esquizotípico, pasivo agresivo o depresivo, algo que no parece muy coherente. Por otro lado, los sujetos con estilo límite de personalidad prestan una elevada atención a sus estados emocionales, exhiben un desorbitado descontrol emocional y muestran confusión a la hora de identificar sus emociones y explicar la naturaleza de su estado emocional. Estos déficits concuerdan con lo informado en estudios previos (p. ej., Gardner y Qualter, 2009; Hertel et al., 2009; Leible y Snell Jr., 2004), pero difieren de lo hallado por Beblo et al. (2010), en cuyo caso, los sujetos con TLP no se diferenciaban en IE de los sujetos que pertenecían al grupo control.

Con respecto a los individuos con un estilo depresivo de la personalidad, se puede afirmar que presentan una gran incapacidad para reconocer sus emociones y fallan en regular sus estados emocionales negativos, lo hacen de manera poco adaptativa, con sentimientos de culpa, vergüenza, autoacusaciones de debilidad, etc. en mayor medida que el resto de estilos de personalidad evaluados. Su mayor dificultad ocurre en el plano del control emocional, por lo que se trata de personas con graves dificultades para manejar sus estados de ánimo negativos y promover los positivos.

Los sujetos con estilos dependiente y evitativo de la personalidad suelen ser sujetos “ansiosos” o “temerosos”.  El primero teme principalmente al abandono y el segundo a la crítica o el rechazo por parte de los demás, no pudiendo manejar de forma adaptativa sus emociones posiblemente al no poder discernir con claridad las posibles causas de su malestar emocional ni ser capaces de atender a sus emociones. Estos resultados coinciden parcialmente por los informados por Leible y Snell Jr. (2004).

Los individuos con un estilo paranoide o pasivo agresivo de personalidad informaron de déficit en claridad y reparación emocional, y en el caso de los primeros los resultados coincide plenamente con los de Leible y Snell Jr. (2004). Por otra parte, el estilo autodestructivo también se relacionan significativamente con la falta de Claridad y Reparación emocional, algo coherente teniendo en cuenta que este tipo de personas tienen reacciones emocionales diversas que se mezclan de una forma compleja dificultándoles posiblemente su comprensión, tienen dificultad para manejar los estados de ánimo negativos, que suelen manifestarse de forma descontrolada, sobre todo ante situaciones sociales que no cumplen sus deseos de entrega hacia los demás y no atienden adecuadamente a sus emociones.

 Los estilos narcisista e histriónico de la personalidad, como se comentó antes, parecen tener una mayor IE percibida que el resto de los estilos. Según los resultados de la TMMS-24, estos sujetos son más capaces de atender y reconocer sus emociones y poseen una mayor capacidad para reparar los estados afectivos negativos y fomentar los positivos. Este hallazgo podría ser sorprendente, debido a que no se esperaría que estos individuos fueran inteligentes emocionalmente. Sin embargo, hay tres aspectos para considerar y entender los resultados:

1) La IE medida en este estudio es la percibida por el propio individuo

2) No son estilos en los que destaque la capacidad crítica hacia sí mismos

3) Los sujetos con estilo narcisista o histriónico disocian más fácilmente su “yo privado” de su “yo público”, sobretodo cuando se enfrentan a situaciones en las que el conocimiento profundo de sí mismos pueda resultar perturbador o en las que puedan ver afectada su imagen pública (por sus experiencias emocionales). Cabe señalar que estos resultados son contrarios a los informados por Leible y Snell Jr. (2004) y una vez más se plantea entonces la necesidad de realizar otros estudios empleando medidas más “objetivas”, como son las de máximo rendimiento (p. ej., MSCEIT), que permitan esclarecer si los sujetos con estos estilos verdaderamente poseen una buena inteligencia emocional o, por el contrario, sólo presentan una autopercepción sesgada como mecanismo psicológico para evitar el sufrimiento.

 Lo que concierne a la IE percibida, hay que destacar la ausencia de relación entre los distintos componentes de la IE y el estilo obsesivo compulsivo de la personalidad. Estos resultados podrían explicarse en función de que para estas personas las emociones pueden ser una fuente de problemas, con lo cual intentan alejarse de aquello que las implique. En lo que respecta a la regulación emocional, las correlaciones altas y directas con las subescalas de la DERS indicarían dificultades en el proceso de regulación emocional.

Tomando como referente la potencia de las correlaciones y el número de subescalas afectadas:

  • Las mayores dificultades en la regulación emocional las tienen los estilos límite, depresivo, dependiente, evitativo, autodestructivo, paranoide, pasivo agresivo, sádico, esquizoide y antisocial de la personalidad.
  • Las menores dificultades las tienen los estilos, obsesivo compulsivo, narcisista e histriónico de la personalidad.

Estos déficits en la mayoría de las capacidades involucradas en el proceso de regulación emocional en casi todos los estilos de personalidad es algo que podía esperarse, en la medida que se considere que los estilos forman parte de un continuo entre lo no patológico y lo patológico y, en estos casos, los comportamientos más extremos (reflejados principalmente por las puntuaciones superiores) se acercan a lo que podría empezar a ser patológico. A partir de aquí, los patrones empiezan a ser más rígidos e inflexibles y las personas dan señales de no poder variar y adaptar sus conductas a las situaciones y a los contextos.

Observando detenidamente cada una de las subescalas, se puede apreciar cómo la Desatención es la que menos relación guarda con los EEPP, excepto en el caso de los estilos histriónico y narcisista (de forma negativa) y esquizoide y autodestructivo (de forma positiva). Este hallazgo apunta a que esta primera fase de los procesos de regulación emocional, que tiene que ver con la capacidad para prestar atención a las emociones, no está muy afectada en los distintos EEPP.

Los principales problemas se observan cuando se ven abocados a promover emociones positivas y manejar las negativas (p. ej., “cuando me encuentro mal creo que acabaré sintiéndome deprimido”, “cuando me siento mal creo que tardaré mucho tiempo en sentirme mejor”, “cuando me siento mal creo no hay nada que pueda hacer para sentirme mejor”, “vivo mis emociones como algo desbordante y fuera de control”, etc.), cuando se muestran incapaces de aceptar las emociones negativas como parte de la vida (p. ej., “cuando me encuentro mal me siento culpable/ avergonzado/enojado/ irritado por sentirme de esa manera”), cuando no se descentren de ellas para realizar sus actividades cotidianas (p. ej., “cuando me encuentro mal tengo dificultades para concentrarme, para pensar en otras cosas, para sacar el trabajo adelante”, etc.) y cuando no son ni siquiera capaces de identificar sus emociones (p. ej., “tengo dificultad para comprender cómo me siento”, “estoy confuso sobre lo que siento”). Nuevamente, los estilos límite y depresivo de personalidad son los que alcanzan valores más extremos en la mayoría de las dimensiones de la regulación emocional que fueron evaluadas.

Los sujetos con estilo límite presentan una gran confusión a la hora de identificar sus emociones, muestran una elevada sensibilidad a los estados emocionales negativos con sentimientos intensos de vergüenza, odio e ira dirigidos hacia sí mismos y un desorbitado descontrol emocional, cuyos niveles son los más altos en comparación con el resto de estilos de personalidad. Estas dificultades de regulación emocional también han sido informadas en estudios previos, con personas con sintomatología o diagnóstico de TLP (p. ej., Beblo et al., 2010; Chapman, Leung y Lynch, 2008; Glenn y Klonsky, 2009; Gratz, Rosenthal, Tull, Lejuez y Gunderson, 2006; Hertel et al., 2009) y con trastornos depresivos (p. ej., Hertel et al., 2009), pero, como se comentó anteriormente, no existen estudios empíricos con muestras no clínicas en las que se hayan evaluado esos estilos de personalidad y que permitan comparar los resultados de este estudio.

 Con respecto a los individuos con un estilo depresivo de la personalidad puede afirmarse, con base en los resultados de la DERS, que presentan una gran incapacidad para reconocer sus emociones y actúan ante los sentimientos negativos de manera poco adaptativa, con sentimientos de culpa, vergüenza, autoacusaciones de debilidad, etc. en mayor medida que la mayoría de los estilos de personalidad evaluados. Tienen dificultades a la hora de descentrarse de su malestar y llevar a cabo las tareas de la vida cotidiana, prestando una gran atención a sus emociones negativas. Su mayor dificultad ocurre en el plano del control emocional, por lo que se trata de personas con graves dificultades para manejar sus estados de ánimo negativos y promover los positivos.

Asimismo, los EEPP con mayores déficits en IE también presentan mayores dificultades en la regulación emocional. Teóricamente se ha hecho referencia a que la IE y la regulación emocional están unidas, sobre todo porque el regular los estados emocionales, tanto propios como ajenos, se ha considerado una de las principales capacidades de la IE. De hecho, las correlaciones obtenidas entre las distintas subescalas de la TMMS-24 y la DERS, revelan que coinciden en tres de los aspectos más importantes de ambos constructos:

1) La capacidad (o dificultad) para atender a los sentimientos y hacer un seguimiento a los estados de ánimo (Atención-Desatención emocional)

2) La capacidad (o dificultad) para identificar las emociones y comprender las posibles causas de dicho estado de ánimo (Claridad-Confusión emocional)

3) La capacidad (o dificultad) para manejar las emociones de una forma adaptativa según las situaciones y el contexto en que se producen (Regulación-Descontrol emocional).

Los resultados del estudio realizado por Ruiz, Salazar y Caballo (2012) apoyan el planteamiento de que la IE se relaciona con la regulación emocional, pero el valor de las correlaciones permite pensar que se trata de dos conceptos bien diferenciados. Si se considerasen únicamente los aspectos evaluados por los instrumentos elegidos, la autorregulación emocional parecería un concepto más amplio que la IE, puesto que abarca al menos otras dos capacidades, una de ellas, la de comprender y aceptar que también las emociones negativas forman parte de las situaciones vitales y, la otra, la capacidad para descentrarse de las emociones negativas y dirigir los comportamientos a las metas propuestas. Sin embargo, en este punto, hay que tener en cuenta dos aspectos importantes:

 1) la TMMS-24 no incluye una subescala que permita evaluar la capacidad para acceder y/o generar emociones que faciliten los procesos de pensamiento, y ésta es una de las capacidades más importantes que forman parte de la IE, según Mayer y Salovey (1997). La TMMS incluye algunas afirmaciones (p. ej., ítems 5, 17) que teóricamente formarían parte de esta capacidad pero que, posiblemente por el momento histórico en que fue creada la escala, han pasado a formar parte de las subescalas preestablecidas por los autores del instrumento y que mantuvieron quienes hicieron la adaptación de la versión española (la TMMS-24 utilizada en este estudio).

 2) El uso de instrumentos de autoinforme en lugar de otros que midan directamente las competencias emocionales, como el MSCEIT, supone otra limitación importante y ésta sería una de las cuestiones a corregir en futuras investigaciones.

 Ruiz, Salazar y Caballo (2012) al comparar los resultados de su estudio con los obtenidos en trabajos consideran que han sido “anticipados” por Hertel et al. (2009), quienes encontraron que los pacientes con TLP tenían problemas en ambos aspectos, la IE y la regulación emocional, pero se distancian de los informados por Beblo et al. (2010), quienes encontraron que los pacientes con TLP tenían dificultades en la regulación emocional pero no tenían déficit en IE. De nuevo, se entiende que en estos casos las investigaciones se han realizado con sujetos con una patología, pero son quizás los antecedentes empíricos más cercanos al presente trabajo.

En cuanto a las diferencias de sexo en variables de IE, diversas investigaciones (p. ej., Petrides y Furnham, 2000; Schulte, Ree y Caretta, 2004) han obtenido que cuando se toman puntuaciones globales de ésta, las mujeres obtienen mayores valores promedios, lo que sugeriría pensar en una mayor capacidad emocional asociada al sexo femenino. Sin embargo, cuando se analizan más detalladamente las posibles correlaciones, tomando la IE como un constructo compuesto tanto por factores interpersonales como intrapersonales, se obtienen resultados contradictorios. Por ejemplo, Fernández-Berrocal, Cabello y Castillo (2012) defienden una mayor capacidad por parte de las mujeres en la comprensión, facilitación y regulación emocional, mientras que en el trabajo de Mclntyre (2010) los hombres parecen poseer mayores capacidades en IE intrapersonal, que consistiría en el manejo y control de las propias emociones, y las mujeres mayores capacidades a nivel de IE interpersonal, concretamente una mayor capacidad empática y de comunicación emocional.

En el estudio de Ruiz, Salazar y Caballo (2012), las diferencias de medias indican que los hombres tienen una mayor IE percibida que las mujeres, al menos en dos (de las tres) subescalas: Claridad y Reparación emocional. Estos hallazgos se encuentran en consonancia con los últimos estudios empíricos anteriormente citados, lo que parecen indicar que los hombres tienen una mayor capacidad para identificar y definir sus sentimientos, así como para manejar y controlar sus propios estados emocionales negativos, es decir, la IE intrapersonal. Por otro lado, en lo que no existen diferencias es en cuanto a las capacidades que forman parte del proceso de regulación emocional.

 Respecto a las diferencias en estilos de personalidad entre mujeres y hombres, los resultados obtenidos sugieren que estos últimos obtienen una puntuación significativamente mayor en los estilos esquizoide, esquizotípico, antisocial, narcisista, autodestructivo y sádico. Exceptuando al estilo autodestructivo de la personalidad, cuya distribución por sexos parece ser mayor en mujeres (APA, 1987; Kass, Mackinnon y Spitzer, 1986), el resto de estilos muestra un patrón de frecuencia coherente con los hallazgos obtenidos con referencia a los TTPP que aparecen en investigaciones anteriores. Por ejemplo, existen coincidencias con el trabajo de Caballo et al. (2011), en el que los hombres puntuaban significativamente más alto que las mujeres en los estilos esquizoide, antisocial, narcisista y sádico y que no existen diferencias significativas entre ambos sexos en los estilos límite e histriónico. En otros estudios han encontrado que el trastorno esquizoide de la personalidad es más común en hombres que en mujeres (DSM-IV-TR, APA, 2000; Kass, Spitzer y Williams, 1983) y que éstos son más propensos a cumplir con los criterios de la categoría A de los TTPP (Grilo, Becker, Walker y Edell, 1996). En relación con el trastorno antisocial de la personalidad, hay numerosos estudios que hacen referencia a la mayor prevalencia de dicho trastorno en varones (p. ej., Carter, Joyce, Mulder, Sullivan y Luty, 1999; Golomb, Fava, Abraham y Rosenbaum, 1995; Grilo, 2002) y el DSM-IV-TR (APA, 2000) señala una prevalencia del 3% en varones y de 1% en mujeres en muestras pertenecientes a la población general. Lo mismo ocurre con el trastorno narcisista, que según el DSM-IV-TR, del 50 al 75% de las personas diagnósticadas son hombres, y con el esquizoide, cuya epidemiología es mayor en varones (Caballo, 2004). Finalmente, en cuanto a la proporción de hombres y mujeres para el trastorno sádico de la personalidad, Fiester y Gay (1991) encontraron que era de 5 (hombres) a 1 (mujeres). Igualmente Spitzer, Feister, Gay y Pfohl (1991), en su estudio con casos de psiquiatras forenses, hallaron que el 98% de las personas que padecía trastorno sádico de la personalidad era varón.

Con base en los datos expuestos con anterioridad, Ruiz, Salazar y Caballo sugieren que los estilos esquizoide, esquizotípico, antisocial, narcisista y sádico son más acusados en hombres que en mujeres, de la misma manera que lo hacen los correspondientes trastornos de la personalidad, corroborando la idea de continuidad estilos-trastornos de la personalidad. El hecho de que concretamente sea en estos estilos donde los hombres puntúan más alto podría deberse, al menos en parte, a la socialización diferencial según el sexo. Así, podría ser que se promueva en los varones una mayor represión de la expresión emocional (estilo esquizoide), la curiosidad y creatividad (estilo esquizotípico), una mayor tolerancia con las conductas violentas y comportamientos agresivos (estilo antisocial), el fomento de la autoestima y la autosuficiencia (estilo narcisista) y mayores conductas de explotación hacia los demás (estilo sádico) que en la mujeres. Las mujeres puntuaban significativamente más alto que los hombres en los estilos dependiente, evitativo y obsesivo compulsivo, reflejando tal vez valores que van más asociados culturalmente al sexo femenino. No obstante, tenemos que señalar que la magnitud de todas estas diferencias es pequeña y sólo en el estilo antisocial las diferencias son más acusadas

En cuanto a las limitaciones de su trabajo, Ruiz, Salazar y Caballo (2012) consideran dos aspectos importantes:

1) el uso de medidas de autoinforme para la evaluación de las variables (EEPP, IE y regulación emocional) podría haber dado lugar a sesgos en las respuestas debido a la deseabilidad social de los sujetos. No obstante, el hecho de que los participantes contestaran a los cuestionarios de manera anónima pudiera haber reducido, al menos en parte, esta limitación; y

2) debido al tamaño de la muestra y a que la edad media de los hombres es significativamente mayor que las mujeres no se han alcanzado conclusiones muy sólidas sobre las diferencias que pudieran existir según el sexo.

Asimismo, señalan la conveniencia de que en futuras invetigaciones se lleve a cabo el estudio sobre las mismas variables, pero complementándolas con el uso de instrumentos de medida más objetivos, al menos para el caso de la inteligencia emocional, campo en el que han propuesto pruebas de medición de máximo rendimiento con el fin de establecer comparaciones entre inteligencia emocional “subjetiva” y “objetiva”.

Referencias bibliográficas

Ruiz, E., SAlazar, I., & Caballo, V. E. (2012). Inteligencia emocional, regulación emocional y estilos/trastronos de personalidad. Psicología conductual, 20(2), 281.